lunes, 28 de enero de 2013

¿Qué onda San Nicolás?

San Nicolás es igual a tres lugares, tres instituciones que sellaron mi identidad para siempre.

San Nicolás es igual a la Escuela Normal Rafael Obligado. Una manzana entera, como la de las luces, con un playón y una pulpería rodeada de árboles y plantas, ideal para esconderse en los recreos cuando querías hacer cosas indecentes y muy divertidas – claro, la felicidad es clandestina-. Qué edificio tan imponente, imposible no respetarlo con ese busto blanco inmaculado de Sarmiento en la entrada del hall central, escoltando el salón de actos, otro gran sitio que nos vería más de una vez disfrazados de mazamorreras y San Martines, con testigos como nuestros padres y maestros, pero sobre todo con el rector de la escuela, el señor Duilio Cámpora, una institución en sí. Por supuesto, el premio del año se lo llevaba la primavera, cuando la vida florecía, las hormonas estallaban y llegaba el ansiado momento de ensayar los esquemas de la fiesta de los colores – algo que sólo tiene trascendencia para los que nacimos en esta ciudad; para el resto del planeta, cada vez que nosotros nos emocionamos al hablar de “la chica del rojo, que fue líder y estuvo con el de segundo año del verde”, a sus ojos entramos en un túnel de locura e inconsistencia absoluta, como si habláramos de extraterrestres del más allá.

San Nicolás es igual al Teatro Municipal, el “coloncito”. De una belleza insuperable, representa las fantasías shakesperianas de exhibicionismo y voyerismo más ingenuo que un adolescente pueda tener. Lo fantasmagórico, lo lúdico, lo sensorial, esas maravillas debías descubrirlas en el teatro, no sólo ir a tomar clases de canto o de guitarra, sino y fundamentalmente, vivir los pasillos interminables y semicirculares del segundo y tercer piso, y perderse en el gallinero, apasionarse por las luces y sombras, esconderse en las pesadas cortinas de terciopelo rojo, y actuar, subirse al escenario, ser el centro de atención y que el público te mire y te aplauda, no sólo a ti, también a tus compañeros, quienes te vieron reír y llorar en los ensayos, y equivocarte y acertar junto a ellos cientos de veces cuando caía la tarde.  

San Nicolás es igual al Club de Regatas y al río Paraná. Pocos lugares en esta tierra significan tanto para mi infancia y la de muchos nicoleños. Recuerdo estar en la pileta pequeña para niños y desear tener la edad suficiente para que me dejaran entrar a la grande, aquella en la que los musculosos hacían vuelta carneros en el trampolín, como si fuera una olímpica, pero de formas asimétricas, que ni James G. Ballard pudo imaginar. Quería entrar como fuera y lo logré un par de veces, colándome a espaldas del guardia y el salvavidas; mi felicidad fue, otra vez, clandestina e infinita. Pasear por la piscina grande del club de Regatas era como caminar por la Ocean Drive de Miami, no podías no tener una bikini canchera, no podías no lucir cuadraditos en el abdomen, no podías no tener el culo contorneado, estilo reef, no podías no estar bronceada. Había que ser más o menos Dolores Barreiro. A los ocho años pisé por primera vez en mi vida una cancha de tenis de polvo. Mi profesor fue Nenucho Farías y su hermana Mari, y mis compañeros, con las miradas introvertidas y expectantes como yo, José Corral, Julián Cavalli, Martín Charre, Guido Mosso, Berni Podestá, el grillo, creo que Martín Maggi y las hermanas Larco, y varios más que ahora no recuerdo. Nunca más me fui de una cancha de tenis, aunque no todas olerían a humedad pesada como las del club de Regatas, a la vera del río Paraná. Esa atmósfera que junto a los mosquitos fueron parte también de la “persecución”, juego que consistía en un grupo que se escondía y otro que debía encontrarlo, a base de pistas que nos guiaban hasta el refugio, muy difícil de develar si tenemos en cuenta que el club es gigante, se ubica sobre las barrancas de la ciudad y no hay límites espaciales, salvo la isla. La isla que está enfrente, donde juegan los chicos al rugby y al fútbol y las chicas al hockey. Allá se llega en el famoso barco “vaporeto”, también si necesitás cruzar para buscar tu barco o lancha en la guardería. El río, los sauces, el windsurf, los camalotes, los vientos y el ferry, maldito ferry que no nos dejaba navegar más libremente. Queco, el Tere, Cernadas, los García, los Cartey, los Gómez, y el Poro jugando a la paleta en el frontón. El alfajor fantoche y el jugo Baggio de las 5 de la tarde, el truco y el mao, los chicos del grupo de Mauro, Haroldo, Campanella y Boveris jugando al básquet, Agustina Flores, Guille Garavaglia, mi prima, Manu y Vale Rossi, mis amigas, las de Alfonsina, el quincho, las canchas de paddle, las chicas de gimnasia deportiva, las fiestas de fin de año y el vóley en la playa hasta que sólo los bichitos de luz seguían latiendo, y la cantina y las charlas sobre chicos y novios y sexo en los baños del club, todo  lo llevo en mis retinas como tatuajes imborrables.

Ciudad de México, 27 de enero del 2013.

Mery Hegouaburu (o Amalia). 

domingo, 25 de noviembre de 2012

Hombre de maíz



Maya significa hombre de maíz. En las calles de la ciudad de México nadie puede librarse del maíz. Tacos con tortillas de maíz, tamales con granos de maíz molidos, enchiladas con maíz, guacamole con totopos de maíz. Menos aún pueden negarse al temido rey de la cocina mexicana, al chile, que los hay de mil colores y tamaños, y todos pican: jalapeño, serrano, verde, poblano, güero, manzano, chile chilaca o pasilla, habanero. Y están presentes en las frutas, en chupetines y caramelos, en las sopas, en las carnes, en las verduras y en las bebidas. Para ser mexicano debe gustarte el chile, enchilarte a fuerza de coraje, una y otra vez, hasta que tu boca sea conquistada por completo. La experiencia se resume así: una lágrima se escapa de mis ojos y se desliza lento por mi cuello, que hierve tanto como mi corazón que late aceleradamente. Y mis mejillas coloradas, se ven aliviadas cuando bebo sin respiro hasta que en el vaso ya no queda ni una gota de michelada, cerveza bien helada con jugo de limón que calma mi garganta y unos granos de sal que juegan con mi lengua.

Por María Hegouaburu. 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

La casa movediza


Vivimos en una casa que se mueve cada vez que un camión pasa por la calle. En una casa que se balancea como una canoa que descansa en algún lago. Salgo al balcón y el sol me acaricia, pero hoy los cerros no se ven en el horizonte. Igual respiro. Hay un México distinto en esa hora que no es ni de día ni de noche. Ayer, en la sobremesa, soñamos Chiapas, el estado más bello según me cuenta Cate. Le creo. En la madrugada, unas horas después de esa charla la tierra del subcomandante Marcos tembló y también mi cama, que se agitó durante dos minutos eternos, tanto como el espejo de la pared, que golpeteaba firme como si la casa se hubiera poblado de tambores vivos. 


Por María Hegouaburu

Minuto uno


Calor en Orizaba y san Luis Potosí, La Roma. Tengo la nariz seca, áspera. Paso por el mercado de Michoacán, un señor con voz serena habla por celular con su nieta, -te quiero mucho mijita, pasame con tu hermanita que quiero saludarla también. Le pido al chico del puesto de la esquina un jugo de pomelo recièn exprimido, toronjas generosas, pulpa roja. 11 am, el barrio está tranquilo como el parque que cruzo y los árboles que dan sombra. Me pica la nariz y los ojos. Estoy contenta, no necesito nada, me digo. 6 pm, entrevista. Llevo una camisa blanca, estoy llegando a la puerta del metro, un médico a mi lado. Y sangre que brota de mi nariz sin dar aviso. Veo mis manos salpicadas, como si se trataran de lienzos expresionistas. La camisa, inmune, permanece blanca como la nieve. -Güerita, sientate aquí. -Güerita, toma estas servilletas, para limpiarte. -Muchas gracias. Ahora me acuerdo, 2800 metros de altura, DF, México, calor seco, polución. Corro a los sanitarios, pago 5 pesos mexicanos, impecables. El metro revienta, me subo al vagón que queda frente a mí, voy con prisa. En ese momento siento el bautismo de oro, una mano moldea mi culo con desenfreno. Miradas desentendidas, pero yo sé quién fue. Lo miro intensamente, -hijo de puta, dicen mis ojos, fuiste vos. Pero él me muestra su nuca. Esta güera te perdona, sólo porque es el minuto uno. 

Por María Hegouaburu. 

sábado, 11 de agosto de 2012

Bye Bye Londres

Ya en Ibiza, escribí esto:
Creo en todas las cocineras del mundo, y en los que labran la tierra hasta que se pone el sol sin descanso.
Creo en el llanto de un niño que nace y en la generosidad de una sonrisa.
Creo en las curvas. Creo en el sexo.
Creo en los que creen y en los que no.
Creo en mi madre.
Creo en lo imposible de la montaña y en la inmensidad del mar. Creo en el Aconcagua, en el agua dulce de las Cataratas del Iguazú y en el silencio del bosque. Creo en las higueras, en el aceite de oliva y en el vino. Creo en la masculinidad del árbol que me protege.
Creo en la otra cara de la luna.
Creo en los hombres y hermanos de mi vida. En mi padre.
Creo en la fuerza de mis piernas.
Creo en la geometría de una cancha de tenis.
Creo en los estudiantes de medicina, en sus noches en vela en una guardia de cualquier pasillo de hospital.
Creo en mis amigas, en la ingenuidad de Luciana Maccarini, en la sangre de Caterina La Mela, en el humor de Val Evdemon, en la claridad de Victoria Lluch, en la psicología de Sabrina Santoni, en la sensibilidad de Flor Manette y en los ojos de Milagros Hormazabal.
Creo en Dios y en la incoherencia de la realidad.
Creo en mis vísceras. En la palabra.
Creo en los senos que dan vida. Y placer.

Por María Hegouaburu.

miércoles, 20 de junio de 2012

Nalbandian como en su casa



David Nalbandian fue recibido con aplausos por el público de Stoke Park, un señorial club con impecables canchas de golf y de tenis ubicado en Slough, a pocos kilómetros de Windsor y de la reina, zona de opulencia y tradición. A sólo días del tan comentado incidente ocurrido en el ATP de Queen’s -también en las afueras de Londres- el argentino (hoy número 39 del mundo) le ganó al español Nicolás Almagro (11 del mundo)  3-6, 6-3 y 10-4 en el tie break final, en “The Boodles”, un torneo de exhibición y que este año lo tiene como invitado por décima vez consecutiva. Nada se dijo de la patada, ni de la denuncia del juez de línea ni de los puntos perdidos. Esta tarde David mostró su mejor tenis y su mejor cara, charla cordial con la guapa presentadora de canal 4, humoradas en el medio de cada punto con su colega y hasta incluso sonrisas con el juez de silla.

En la tribuna tomaba mate Adolfo Cambiasso -gran amigo del unquillense y su anfitrión aquí- al mismo tiempo que los ingleses descorchaban un champagne tras otro, y bebían el ya clásico Pimm’s de las tardes templadas londinenses, un licor basado en la ginebra de color cobrizo, mezclado con limonada y que se sirve en una jarra con rodajas de pepino, frutillas, naranjas y manzanas verdes.

Un momento de relax para olvidarse de la cifra récord que trepa al 12 % de desocupación, la economía basada en el 70 % de importaciones, los escándalos del gobierno local del conservador Boris Johnson enredado con Rupert Murdoch y la recargada crisis de la eurozona.

En Stoke Park, sólo pajaritos y verde.

Por María Hegouaburu.

lunes, 11 de junio de 2012

Argentina está de moda

Sabemos que Messi es nuestro máximo embajador en el mundo, que deslumbra con su magia dentro de la cancha y con una humildad poco común en cracks de esta magnitud. Pero también el polo es sinónimo de Argentina y de Buenos Aires para los amantes -y curiosos- de este deporte que el fin de semana disfrutaron del evento “Polo in the park”, en el club Hurlingham de Londres. 




Pude ver cómo se acercaban al stand de la Embajada Argentina cientos de ingleses y europeos en general a preguntar por nuestro país, qué atracciones visitar para su luna de miel, cómo llegar a la Patagonia, cuál era la mejor época del año para recorrer la ruta de vinos en la cordillera, y otros tantos londinenses con banderas argentinas -impecables- que ellos mismos se habían encargado de conseguir, para sacarse una foto con los argentinos que estábamos ahí, al ritmo de “¡¡¡viva Argentina, viva Buenos Aires!!!”. Adoradores de la temporada de verano en el hipódromo de Palermo, opinaban que la Argentina tendría que estar entre las sociedades más ricas del mundo, con el potencial enorme que tenemos. El empresario holandés Zeev Godik, dueño de la exitosa cadena de restaurantes Gaucho, La Martina, tienda de ropa de polo que pertenece a Adolfo Cambiasso, Kevingston y Estribos, entre otros, colaboraron con la promoción y visibilidad de nuestro país en un acontecimiento social y de negocios de primer nivel, y que se destaca dentro de la versátil e incansable agenda de la capital británica. 






Por supuesto, la máxima atracción no fueron los caballos sino el maratónico desfile de mujeres con uñas muy afiladas para cazar al príncipe millonario, a plena luz del día, y sin dejar nada en el armario, con todas las plumas y las armas que tuvieran al alcance de la mano, casi como una guerra a todo o nada. Los hombres tampoco se quedaron atrás y apostaron a la extravagancia nada sutil, corbatas, pañuelos y medias de colores fuscia o verde manzana, pantalones chupín, camisas y sacos de texturas insólitas, creo que hasta Salvador Dalí pasaría desapercibido en esta fauna. A las 6 de la tarde ya las mujeres se habían olvidado el motivo de la fiesta y con los zapatos de taco aguja en la mano, tambaleantes y desalineadas a simple vista, lo que aparentaba simular buena clase terminó en grotesco y carcajada. 


De todos modos, Argentina los recibirá con los brazos abiertos. 

Por María Hegouaburu.

sábado, 26 de mayo de 2012

Shakespeare argentino


Martes 22 de Mayo de 2012
El martes 15 y el miércoles 16 de mayo el teatro argentino se consagró en el mítico The Globe, sobre el río Támesis, de la mano del multi-premiado director Rubén Szuchmacher y enormes actores del espacio que él conduce en Buenos Aires, “Elkafka”. 

Como antesala a los Juegos Olímpicos 2012, el teatro Shakespeare’s Globe se dio el gusto de poner en marcha un programa sin precedentes de producciones multilingües, que recorren la carrera del autor inglés más importante de todos los tiempos. La idea de “Globe to Globe”, parte del World Shakespeare Festival, consistió en que compañías teatrales de todo el mundo pusieran en escena las 37 obras del poeta y dramaturgo nacido en Stratford Upon-Avon pero en idiomas diferentes, incluso en lenguaje de sordomudos. El evento comenzó el 21 de abril y se extiende por seis semanas, hasta el 9 de junio. 

De los 37 idiomas, entre los que se destacan el maorí, el Swahili de Kenia, el hip hop de Chicago y el árabe de Palestina, fue seleccionado el español versión argentina, a cargo de Szuchmacher, casi un especialista de Shakespeare en nuestro país, y acompañado por Horacio Acosta, Julián Vilar, Paul Mauch y Horacio Peña, entre otros. De la obra que le dieron para poner en escena, “Henry IV: parte II”, el director manifestó: “Es rara, porque en la primera parte se resuelve el problema. Parece una secuela que no era necesario hacer. Lo más desarrollado es el personaje de Falstaff”, una pieza bufonesca pero clave y de tradición en los obras del escritor isabelino.

“Además la trama no tiene centros, no es muy sólida, sino caótica; va y viene de lo lírico a lo cómico. Eso sí, tiene espacio para que los actores improvisen, resulta entretenida”, continuó el dramaturgo elegido por Londres, que también analizó el vínculo de Enrique IV con la Argentina. “Su relación con los argentinos tiene que ver con este personaje de Falstaff, paradigma del chanta simpático”, indicó.

Por María Hegouaburu.

Conversaciones con una activista


Lunes 14 de Mayo de 2012
Quiero hablar de Ann Wright, una mujer maravillosa que tuve la oportunidad de conocer gracias a amigos de amigos, aquí en Londres. Pasé la navidad del 2011 con ella y su familia en su casa de Highgate, sobre las colinas del norte de la ciudad. Me acogieron con calidez y sin medir demasiado las formas, de la misma manera que ya lo habían hecho con amigos argentinos exiliados, cuando corría el año 1976. (Ya les contaré más adelante). El caso es que esa casa me vería entrar y salir una y otra vez, fascinada con las historias de esta inglesa nacida en Manchester, ex azafata de la mítica Pan Am, y más tarde activista de la paz en América Latina y Palestina. Amante del Che, fotos del comandante con su seductora sonrisa inundan las paredes de su cuarto, del living y de la cocina. El 25 de diciembre al mediodía encendimos el fuego del hogar, comimos salmón rosado y brindamos con champagne. Eso sí, esta vez su hija Amaranta recibió un regalo para ella, no como en su niñez y adolescencia en las que Papá Noel llegaba con un sobre bajo el brazo, y que en su interior indicaba que el presente de ese año equivalía a un cheque por -pongamos- 100 pounds para donar a la institución benéfica del barrio. 

Ann me contó que en los años sesenta, cuando era azafata de la Pan American Airways, sufría mucho el uniforme, sobretodo el cinturón tipo corset en el que debía sumergirse cuando estaba quemada por el sol (lo cual era bastante usual, dado que volaba una vez por semana al Extremo Oriente). No podía rehusarse a usarlo y menos aún desestimar las normas de aseo personal draconianas, a tal punto que tuvo que pasar la humillación de ser reprendida por su jefe en varias ocasiones por estar excedida de peso, sin suficiente maquillaje o con el pelo demasiado largo. Sin embargo, cuando piensa en ello, afirma convencida que el precio a pagar fue mínimo por las enormes oportunidades que le daría ese trabajo. “Para una muchacha provinciana de un suburbio al sur de Manchester, mis tres años como azafata de vuelo fueron mi educación superior. Desarrollé una conciencia global que nunca podría haber adquirido en la escuela o la universidad, me di cuenta que podía ir muy lejos en la vida, siempre y cuando colocara mi mente en ello y me comportara con sensatez. Si no hubiera sido por Pan Am, estoy bastante segura de que hoy no sería una activista de derechos humanos, integrante de las brigadas de paz”. 

Sus padres, como muchos de su generación, decidieron que sólo podían darse el lujo de la universidad para uno de sus hijos, el varón. A pesar de tener una beca para la Escuela Withington Girls (en ese momento uno de los mejores colegios públicos del país), y siendo una de las chicas más inteligentes de su clase, a los 16 años decidió trabajar de secretaria. Sus profesoras nunca se lo perdonaron. Pero Ann se las arregló para irse a Ginebra. Un año más tarde viajó a Munich, donde vivió con una chica brasileña. Las exóticas historias de su pueblo comenzaron a despertar su curiosidad y deseó poder ver con sus propios ojos lo que sucedía en el otro lado del océano. 

Poco tiempo después Ann tuvo la chance de su vida: Pan Am estaba contratando tripulantes de cabina en Berlín para el servicio entre las ciudades de Alemania Occidental y Berlín Occidental. El anuncio decía “Sólo alemanas”, pero igual se animó a presentarse, con un buen manejo de francés y alemán. Fue aceptada para vuelos internacionales y a los 21 años en el año 1964 viajó a Nueva York para ser entrenada, y luego volar desde San Francisco hacia el continente asiático. 

“Una de las anécdotas más divertidas que viví sucedió en Hawaii, cuando ayudé a un hombre francés con su inglés en la aduana, y resultó ser el actor francés Alain Delon. Por la tarde, me encontré con él en el Hotel Royal Hawaiian, donde los dos estábamos quedando, y él me invitó a cenar.”, recuerda Ann y sin dejar lugar al silencio, continúa: “En San Francisco era difícil no ser influenciada por la fuerte campaña contra la guerra de Vietnam. El Flower power hacía furor entre los jóvenes mientras que tripulaciones y aviones de Pan Am estaban siendo utilizados por militares de EE.UU. Me desconcertó hablar con los soldados, de mi misma edad, y que por debajo de su fanfarronería y jactancia apenas entendían porqué estaban luchando.” 

Un año después Ann conocería a su futuro esposo, un corresponsal de Reuters que sería trasladado a Buenos Aires. El fervor revolucionario se hizo cargo de América del Sur, y cuando luego de 6 años se vieron obligados a abandonar el país tras el golpe militar del 76, Ann se lanzó a las campañas de solidaridad para apoyar a aquellos que sufrían la represión de las dictaduras latinoamericanas.

A los 34 años, finalmente obtuvo el título de Estudios Latinoamericanos de la Universidad College de Londres y, posteriormente, fundó una empresa de traducción y subtitulado, que le permitió ganarse la vida desde entonces. (Vale destacar que tradujo al inglés el libro “El Che quiere verte”, de su amigo Ciro Bustos). Pero son sus años como azafata de vuelo los que la prepararon para lo que todavía hoy hace, a los 68 años, como activista de derechos humanos. Con Brigadas Internacionales de Paz, trabajó en Colombia -allí 140.000 personas fueron asesinadas en los últimos 10 años y otras 15.000 han “desaparecido”, y también pasó períodos en la Ribera Occidental como voluntaria para el Programa Ecuménico de Acompañamiento en Palestina e Israel (EAPPI, siglas en inglés), en los puestos de control, atendiendo en las demoliciones de viviendas y protegiendo a las comunidades vulnerables de ataques de los colonos.”

Me alegro mucho de haberme cruzado con esta inmensa mujer.


Por María Hegouaburu.

Imágenes de Londres


Lunes 30 de Abril de 2012
Hace 21 días que llueve sin parar en Londres: es ciencia ficción. Las gotas finas arrecian y atacan en varias direcciones, me protejo como puedo con la capucha del montgomery, el paraguas ya no puede dar batalla cuando el viento indeciso se arremolina sobre mi cabeza. Mientras apuro el paso y froto mis manos congeladas para darles ánimo, veo a 5 policías conversando con una señora de mediana edad en la puerta de su casa, ellos con caras de cierta preocupación y ella consternada, fuera de sí, algo andrajosa. A sus pies y recostado sobre la vereda, un bulto grande, del tamaño de una persona mayor, cubierto con una bolsa negra. Me acerco y les pregunto si es lo que me imagino que es, y me responden que es una carpa. (?)

Es de noche, cerca de Marble Arch, hora suficiente para que los oficinistas trajeados y bien perfumados le pasen la posta a los desgraciados sin techo. Subo al colectivo rojo y me acomodo en un asiento del primer piso, para distraerme con las postales de una ciudad que a esta hora se refugia en la tranquilidad de los barrios. Las cámaras graban a los pocos que estamos y a dos chicos de unos 30 años que se acomodan delante mío, algo exaltados. Uno lleva una botella de cerveza en la mano, huelen a alcohol, como si hubieran estado toda la tarde bebiendo y esa fuera quizás la décima. Parecen amigos, hablan fuerte, con un acento muy marcado y rústico, como ahorrando vocales, y se van cebando mutuamente, levantando el tono de voz más y más. Uno lo provoca con un chiste y el otro reacciona con un puñetazo en la nariz. Sangre. 

(Pensarán que peco de simplista al inducir que la falta de sol es un perfecto caldo de cultivo para el buen metabolismo de las enfermedades mentales pero no por eso deja de ser menos cierto: investigaciones realizadas demuestran que 1 de cada 4 personas en el Reino Unido experimentan algún tipo de problema de salud mental; una mezcla de ansiedad y depresión es el desorden más común; el 10% de los niños sufre de alguna enfermedad mental en algún momento; estadísticas acerca de conductas auto-destructivas posicionan a los británicos entre los más altos porcentajes de toda Europa: 400 cada 100 mil). 

“Here comes the sun”. Finalmente sale el sol en Londres. Todos corremos desesperados a hacer un poco de fotosíntesis. Regent’s o Finsbury park, para el caso da igual, con frisbees, raquetas, pelotas, bicicletas, perros, hijos, amigos, novios o solos, las colinas y las llanuras, aún húmedas, se pueblan inmediatamente. 

Y también llega Richmond. Al sur oeste de la ciudad se encuentra una de las zonas residenciales más ricas del Reino Unido, y quizás por ello fue evaluada como uno de los sitios más felices para vivir. Ubicada sobre un meandro del río Támesis, sólo hace falta dejarse llevar por la calle principal con sus hoteles, boutiques y restaurantes, para desembocar en Richmond Park y caer rendidos de amor frente a tanta exuberancia vegetal, pájaros de todos los colores, árboles eternos, manadas de ciervos y caballos, lagos y paz.